Dramático thriller político que parte de un espejo deformado, pero bastante cercano por cierto, a la "nueva realidad" que está inexorablemente tratando de construir la ideología progresista de una izquierda extrema auto intoxicada por el hambre de poder y la búsqueda de perpetuarse en éste.
La trama específica de esta novela, aplaudida por la crítica calificada, desarrolla una historia diferente de Colombia cuando un personaje enmascarado a través del engaño y la comedia intenta perpetuarse en el poder
Una Realidad Deformada:
¿Qué pasaría si la comedia se convirtiera en la más brutal de las tiranías? «El Imperio del Payaso» no es solo ficción; es una urgencia catártica (Nota 1) y una radiografía descarnada sobre el auge, el delirio y el colapso de un régimen que convirtió al Estado en una carpa circense. Sumérgete en una historia donde el destino de una nación no está tallado en piedra y donde la dignidad se subleva contra el oscurantismo.
(Nota 1: El término “urgencia catártica” hace referencia a la necesidad imperiosa, intensa y repentina de liberar emociones reprimidas, estrés o tensiones psicológicas. Proviene del griego katharsis (purificación o limpieza) y se utiliza en psicología y psicoanálisis para describir ese impulso de “sacar” lo que se lleva dentro.)
La historia arranca en 2026, cuando un engranaje maestro de fraude electoral orquestado desde las sombras permite que el totalitarismo se apodere del Congreso y la Presidencia de Colombia. Tras el fin de la inmunidad de los antiguos titiriteros, emerge la figura grotesca de Rey Al-Salhadin, un monarca bufón que gobierna desde el aislamiento de las redes sociales y el derroche internacional mientras el país se sume en la oscuridad.
El Horror: La Época del Oscurantismo Moderno
Bajo el mando de Al-Salhadin, Colombia retrocede siglos en el tiempo:
La Resistencia: El Despertar de los Patriotas
En la penumbra, el Frente Libertario Unido (FLU) y la APITA (Asociación Patriótica para la Información y Tecnología Aeronáutica) orquestan la liberación. Desde los laboratorios subterráneos del Eje Cafetero hasta el exilio en Washington, los patriotas utilizan:
¿Quieres conocer un poco más sobre el contenido de esta apasionante novela? ¡Claro que sí! y con el mayor gusto: En la sección siguiente te ofrecemos una reseña y tres capítulos de muestra con el propósito de facilitarte un poco más de información, sobre el contenido de la misma.
(Nota: La obra total consta de 47 capítulos y un par de apéndices, para un total de 534 páginas en el libro físico que se imprime por demanda, en un tamaño de papel de 14cm x 21 cm. El libro electrónico (eBook) contiene 480 páginas, al suprimirle los espacios en blanco)
Escribir esta obra no fue una elección deliberada ni el fruto de un pasatiempo complaciente; fue, en su sentido más puro, una urgencia catártica, un acto de rebelión visceral frente a la parálisis de la pantalla en blanco. Lo que sostienes hoy entre tus manos, querido lector, no es un simple relato de ficción evasiva, sino un espejo deformado y punzante de una realidad histórica que nos ha golpeado el rostro con la fuerza implacable de un huracán. Me refiero a El Imperio del Payaso, una radiografía descarnada, íntima y a veces dolorosa sobre el auge, el delirio mesiánico y el consecuente colapso de un régimen que convirtió la solemnidad del Estado en una carpa circense y el sufrimiento de todo un pueblo en el libreto de su comedia más macabra.
Al adentrarte en los laberintos de estas páginas, notarás de inmediato que muchos de los acontecimientos narrados —las crisis institucionales encadenadas, el desfalco sistemático de los recursos públicos, la asfixia económica y el sofisticado control psicológico de las masas— se asemejan de manera casi escalofriante a las tragedias políticas que verdaderamente han sacudido, y continúan sacudiendo en la actualidad, a varios de nuestros atribulados países latinoamericanos y a otros pueblos del mundo civilizado que el poder global califica con desdén como «tercermundistas».
Sin embargo, en mi condición de autor, debo ser categórico y enfático en una advertencia: los nombres de los personajes principales que actúan, conspiran, gobiernan y se desprecian en el proscenio de esta obra existen única y exclusivamente en los intrincados pasadizos de mi imaginación. Cualquier similitud explícita, paralelismo biográfico o coincidencia fortuita que pareciera surgir a lo largo de la lectura con ciertas figuras de la vida pública real, del pasado o del presente, será eso: una mera, inevitable y caprichosa coincidencia. O, al menos, eso es lo que prefiero repetir elocuentemente para mi propia tranquilidad legal y espiritual.
No obstante, soy consciente de que la gran literatura necesita cimientos de roca sólida para sostener el peso específico de sus verdades. Por esta razón, con el propósito fundamental de ubicarte en el epicentro exacto de la tormenta que estás por presenciar, me vi en la necesidad histórica de apoyar el arranque de la trama en algunos personajes reales, anteriores al nudo cronológico de nuestra historia. Hombres y mujeres de carne y hueso cuyas acciones moldearon el devenir del tiempo real. En este libro, ellos juegan un papel efímero pero crucial: actúan como figuras de soporte y reparto, un chispazo providencial y magnético sobre el escenario, diseñado únicamente para encender la mecha de la narración. Una vez cumplida su rápida presentación contextual, estos actores de la realidad desaparecen definitivamente del proscenio, apagando sus luces para dejar que la trama ruede con absoluta autonomía por su propio eje de ficción, suspenso y drama puro.
Para la edificación de este universo, decidí abrazar con absoluta pasión una de las técnicas narrativas más fascinantes, atrevidas y peligrosas de la creación literaria: la ucronía, el arte de edificar una realidad alternativa. Mi punto de partida no es un invento; es la Historia con mayúscula, un nudo de acontecimientos conocidos por todos, una línea de tiempo compartida que ya ha sucedido y cuyas heridas aún permanecen abiertas.
Pero en lugar de seguir el sendero trágico de la resignación o el conformismo histórico, me atreví a formular en voz alta la pregunta que ha desvelado a los grandes pensadores y estrategas de la humanidad: ¿Qué pasaría, o qué habría pasado si las cosas hubieran tomado un rumbo diferente? Fue precisamente en ese quiebre exacto de la línea temporal donde mi pluma tomó un camino completamente inesperado. Una ruta alterna donde la dignidad ciudadana se subleva contra la opresión, donde los hilos invisibles del contraespionaje de vanguardia y la energía libertaria latente en las regiones periféricas deciden, de una vez por todas, que el destino de una nación no está tallado en piedra ni condenado al fracaso.
Esta novela es mi respuesta visceral a esa pregunta. Es el escape definitivo de la letárgica «patria boba» hacia la refundación total de su propia libertad; un viaje vertiginoso que arranca en la penumbra asfixiante del exilio y termina en el laberinto subterráneo de la redención absoluta.
Pasa la página, querido lector. Descorre el telón de la carpa, aférrate a tu asiento y prepárate para mirar directamente a los ojos el verdadero, perturbador y fascinante rostro del Imperio del Payaso.
Con especial afecto,
AgroEscritor
Cuando el grupo de extrema izquierda identificado como «El Pacto Histórico» liderado por el anterior presidente (Gustavo Francisco Petro Urrego), a pesar de las alianzas con narcotraficantes, delincuentes y lo peor de los bajos mundos, logra una vez más convencer a la mayoría del pueblo ingenuo e ignorante para que en las votaciones celebradas el pasado 8 de marzo de 2026, otorgue la mayoría de votos a dicho grupo político de ideología totalitarista y versión transformada (para mal) del comunismo, permitiéndoles conseguir un peligroso e importante cupo de curules, 25 para ser más exactos, como Senadores de la República. También, para colmo de males, logran conquistar la mayoría de la Cámara de Representantes, apalancamiento este que, contra todos los pronósticos, brinda la plataforma de lanzamiento perfecto para nombrar al sucesor continuista de las políticas e ideología narcomunista de Gustavo Petro, tal como narramos a continuación:
La noche del 8 de marzo de 2026, las luces del búnker estratégico del Pacto Histórico reflejaban una calma densa y triunfal. Sobre la gran mesa central de cristal, los boletines de la Registraduría se actualizaban de forma vertiginosa, dibujando un panorama irreversible que desafiaba cualquier pronóstico de castigo en las urnas. A pesar de un gobierno sumido en un desaforado nivel de corrupción, un impresionante derroche de recursos públicos, el imprudente crecimiento de la deuda y el malestar social latente, la maquinaria había operado con una precisión invisible y magistral.
Frente a las pantallas, tres siluetas observaban las barras de datos: Gustavo Petro, Orlando Benvenutti y Juan Cefalea. Los autores intelectuales de la farsa electoral sabían perfectamente que la victoria de esa jornada no era un reflejo espontáneo de la democracia, sino el desenlace de un engranaje maestro diseñado a principios de año.
—Veinticinco curules en el Senado de la República, Gustavo —anunció Orlando Benvenutti, arrojando una carpeta con los consolidados sobre la mesa y soltando una risa ronca. —Veinticinco puestos fijos. Y en la Cámara de Representantes barrimos la gran mayoría. Contra todos los pronósticos del país, tenemos el apalancamiento y la plataforma de lanzamiento perfecta para imponer a tu sucesor.
Gustavo Petro, sosteniendo una copa con un trago largo de licor, sonrió con frialdad mientras contemplaba los mapas de votación regional.
—El pueblo ingenuo e ignorante sigue respondiendo al redil si se le sabe pastorear, Orlando —comentó Petro, con la voz pastosa pero firme. —Volvieron a creer en los mismos mantras. Esta versión transformada de nuestro proyecto totalitarista avanza. El comunismo no muere, se mimetiza.
Juan Cefalea, cuya candidatura presidencial dependía enteramente de los cimientos construidos esa noche, se sumó a la conversación con un gesto de alivio indiscutible.
—Presidente, los sistemas alternos que dejamos listos en las sombras… los algoritmos y los operadores de contingencia en los distritos clave… al final no tuvimos que usarlos. La masa de votantes nos dio el cupo sin necesidad de forzar el sistema de conteo en esta ronda.
—Mejor así, Juan —interrumpió Petro, girándose hacia él con mirada penetrante. —Guarden ese plan bajo llave. Déjenlo expectante y blindado en la reserva. Esa trampa la vamos a necesitar intacta más adelante, una vez transcurra la votación definitiva para el nombramiento del nuevo presidente del país. En mayo no podemos permitirnos el más mínimo margen de error.
A pesar de la aparente limpieza con la que el Pacto Histórico celebraba la conquista del legislativo, el extraño éxito de la jornada no tardó en levantar una marea de sospechas silenciosas a nivel nacional e internacional.
En las calles y en las redes, la atmósfera no correspondía a un triunfo legítimo. El ambiente estaba enrarecido por la voz de una masa gigantesca de «votantes arrepentidos» —ciudadanos que en las pasadas presidenciales habían apoyado el nombramiento de Petro y que ahora contemplaban atónitos cómo sus regiones supuestamente seguían respaldando el continuismo del régimen. Las denuncias de fraude se multiplicaban en los bufetes de los dirigentes de la oposición política y entre millones de ciudadanos de bien residentes tanto dentro como fuera del país.
Pero el verdadero peligro para el triunvirato de palacio no provenía de las marchas locales, sino de los satélites de la geopolítica.
En las oficinas de la Registraduría, el Consejo nacional Electoral y otras dependencias oficiales responsables de asuntos políticos en Bogotá, analistas de inteligencia y veedores internacionales liderados por el gobierno de Estados Unidos y varios de sus países aliados examinaban las sábanas de votación de los municipios más apartados. Financieramente, las agencias fidedignas sabían que tres personajes siniestros del ala radical del pacto habían sido patrocinados con ríos de dinero oscuro. Un millonario flujo inyectado en consenso por la mafia del narcotráfico que actuaba en perfecta alianza con la actual guerrilla de las FARC, el ELN y las células del Tren de Aragua posicionadas desde Venezuela. El dinero se había disuelto en las venas de la jornada electoral para comprar jurados, registrar cédulas falsas y mover votantes amedrentados en las fronteras y zonas rojas.
Sin embargo, a pesar del minucioso rastreo de la inteligencia norteamericana, la trampa había sido urdida con tal maestría y blindaje tecnológico que, hasta la fecha, nada concreto se había podido descubrir o probar ante los tribunales.
De vuelta en el búnker, ajenos al cerco internacional que empezaba a cerrarse en Washington, los tres hombres brindaron por la impunidad del momento. La incapacidad de la oposición y de las agencias extranjeras para romper su código les brindaba una inyección de confianza adicional y peligrosa.
—Están ciegos, Gustavo —dijo Benvenutti, revisando los últimos cables de las embajadas. —La oposición grita en la televisión, pero jurídicamente están con las manos vacías. Los veedores del norte no tienen una sola prueba física de los aportes de las fronteras ni del Tren de Aragua.
Petro apuró el contenido de su copa y fijó la mirada en la oscuridad de los jardines de Nariño, sintiendo el peso de la ambición que ya le había permitido atesorar una riqueza personal incalculable.
—Que sigan buscando en los archivos de la Registraduría —concluyó el mandatario con un cinismo absoluto. —Mientras ellos intentan descifrar cómo les ganamos el Congreso, nosotros nos encargaremos de preparar la segunda parte del plan. Juan, tu campaña presidencial arranca mañana, más sucia e intensa que antes. Vamos a quedarnos con esta presidencia, Sí o Sí. ¡No importa lo que tengamos que hacer…! Orlando, —llamando la atención de Benvenutti que por la “traba” con cocaína se estaba quedando dormido— prepara los canales alternos. El verdadero poder apenas empieza a tejerse en la sombra.
Con la victoria legislativa asegurada y el silencio forzado de las instituciones, los autores intelectuales daban por cerrado el primer acto de la farsa. Ninguno sospechaba que, pocas semanas después, en una fría tarde de febrero en la Oficina Oval de la Casa Blanca, el mismísimo Donald Trump le pondría nombres propios a ese «tufillo de manipulación», desatando la paranoia y obligando al Gran Titiritero a cambiar sus hilos en la más absoluta oscuridad.
Nace acá entonces una nueva historia diferente para Colombia.
¡Y no se imaginan lo que vamos a encontrar allí!
La mañana del 8 de marzo de 2026, con un cómplice sol esplendoroso que invitaba a las gentes a salir, las calles de Colombia amanecieron cubiertas de la típica ebullición de una jornada electoral decisiva. En las pantallas de televisión, los analistas repetían gráficos, las redes sociales ardían en debates y las maquinarias políticas medían sus fuerzas en las urnas. Para el ciudadano común, la jornada parecía discurrir por los canales normales de la democracia suramericana; pocos sospechaban que el tablero político estaba siendo sigilosamente alterado desde las sombras.
A medianoche, con el preconteo de la Registraduría rozando el 98%, el panorama se consolidó en una primicia que sacudió las salas de redacción.
En los estudios de la cadena internacional CBC en español, el Editor Sénior Digital, Ildefonso Jiménez Gómez, observaba los monitores de datos con la experiencia de quien ha cubierto desde el proceso de paz colombiano hasta las cumbres continentales más complejas. Conectado en directo a través de una videollamada de alta definición con su equipo de corresponsales en Bogotá, Ildefonso tecleaba las líneas de la noticia que inundaría las redes en los próximos minutos.
—Tenemos el titular, muchachos —anunció Ildefonso, ajustándose los auriculares mientras corregía las galeras del reportaje digital—. «¿Quién es Gaviota Valenzuela, la ganadora de la Gran Consulta Popular celebrada el 8 de marzo?». Su votación no es solo notable; es un mensaje directo al Palacio de Nariño.
El extracto de la publicación que Ildefonso despachó esa noche a la central de la CBC detallaba un fenómeno indiscutible: Gaviota Valenzuela, la senadora de tres períodos, abogada y filósofa con maestría en Escritura Creativa de Princeton y bisnieta del expresidente conservador Juan Guillermo Valenzuela, se había coronado como la candidata oficial de la derecha y del partido Centro Democrático. Con un caudal superior a los tres millones de votos, Gaviota no solo había superado la consulta interna de sus ocho compañeros de coalición, sino que había rebasado la mítica cifra obtenida por su principal rival del petrismo, Juan Cefalea, en su propia consulta del año anterior.
Considerada una uribista «purasangre», disciplinada y de verbo firme, Gaviota representaba, sin embargo, una apuesta por la moderación para atraer el voto del centro. Había ganado notoriedad oponiéndose con ferocidad a las reformas pensionales de Gustavo Petro, tumbando los nombramientos de embajadores sin requisitos y dejando en el limbo jurídico el Ministerio de Igualdad. Pero su campaña arrastraba también las cicatrices de un proceso interno atropellado, marcado en la memoria colectiva por el oscuro asesinato del precandidato Miguel Uribe Turbay; un magnicidio que el pueblo pensante de Colombia no dudaba en atribuir, bajo cuerda, a la autoría intelectual del propio Gustavo Petro.
A pesar del impulso, el ala radical de su partido miraba de reojo sus propuestas de dividir el departamento del Cauca entre indígenas y mestizos, así como la inminente necesidad de medirse contra el outsider de posturas extremas, el abogado Abelardo de la Espriella, quien avanzaba con fuerza por firmas.
Sin embargo, el verdadero terremoto político de la jornada no fue la victoria de Gaviota, sino la configuración inmediata de su alianza de cara a las elecciones presidenciales de mayo.
Al día siguiente del triunfo, en un amplio apartamento del centro de Bogotá, la atmósfera combinaba el júbilo político con la rutina del diseño de modas. Allí residían, desde hacía más de una década, José Diego Ojeda y su pareja, el diseñador y activista Amaranto Reynoso.
Ojeda, un econometrista graduado en Francia y profesor de la Universidad de la Cruz, se había convertido en la gran sorpresa centrista de la jornada electoral. Su posterior designación como fórmula vicepresidencial de Gaviota Valenzuela encendió las alertas del uribismo tradicional: un candidato abiertamente homosexual en la cúspide de la coalición de derecha.
—Las redes sociales están intratables, Diego —dijo Amaranto Reynoso, mientras acomodaba unos bocetos de telas alternativas sobre el mesón del comedor—. La senadora Amaranta Hank acaba de publicar que la derecha está usando disfraces del progresismo para hacerse elegir. Dicen que la coalición está montando un show con una candidata mujer y un vicepresidente de la población LGBTPI+.
Ojeda soltó una risa irónica, sirviendo dos tazas de café antes de responder.
—Qué aburrido sería llegar a casa y hablar de lo mismo que uno oye en el Congreso y en los debates, Amaranto. Déjalos que hablen. La política se hace sumando, no marginando. Tu trabajo en «Amadeus Lab» y en «Flor Slow Fashion» demuestra que la inclusión real se hace con oportunidades, no con discursos.
Amaranto sonrió, orgulloso de su taller en el barrio Las Cruces, donde impulsaba la confección de prendas alternativas empleando a mujeres trans y modelos de la comunidad LGBTPI+. El espacio se había convertido en un punto de encuentro neurálgico donde el diseño de ropa alternativa se fusionaba sutilmente con la acción social y los primeros tintes de la ideología trans.
Sin embargo, detrás de la fachada de concordia y diversidad que la campaña de Gaviota Valenzuela quería proyectar, las contradicciones ideológicas y las traiciones soterradas no tardaron veinticuatro horas en filtrarse.
Aunque Gaviota declaró inicialmente que Ojeda había aceptado renunciar a cualquier bandera de «continuismo» del gobierno de Petro, el candidato vicepresidencial permitió deliberadamente la filtración de un documento en redes sociales. En él, Ojeda exigía que la campaña reconociera la continuidad del acuerdo de paz y la permanencia de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) —calificada por los expertos como un tribunal de impunidad para las guerrillas y el narcotráfico—. Ojeda, en la práctica, anunciaba su verdadera intención de dar «más de lo mismo».
El ambiente en el cuartel general de la campaña de centroderecha se tornó gélido.
En una oficina privada a puerta cerrada en el norte de Bogotá, José Diego Ojeda encaró a su jefe de campaña. El rostro del estratega estaba pálido, descompuesto, las manos le temblaban mientras sostenía un informe confidencial sobre las encuestas y proyecciones del voto a realizarse en una semana escasa.
—Diego, esto cruzó la línea de la competencia política —dijo el jefe de campaña, bajando la voz hasta un susurro ahogado—. Ayer dos sicarios en moto abordaron mi vehículo. El mensaje fue directo y con nombres propios: están pagados por Juan Cefalea. Si no empezamos a «torcer» y manipular los resultados de las encuestas para desinformar a la opinión pública a favor del petrismo, me van a llenar de plomo.
Ojeda permaneció en silencio unos segundos, cruzando los brazos. Lejos de mostrar solidaridad o indignación, su mirada reflejó una fría e inquietante determinación.
—Cálmate y escúchame bien —dijo Ojeda, inclinándose sobre el escritorio y llamando al orden a su colaborador con severidad—. Vas a aceptar la propuesta de esa izquierda oscura. No te vas a hacer matar por una terquedad.
El jefe de campaña lo miró con los ojos abiertos, atónito por la exhortación.
—¿Aceptar? Diego… eso es traicionar a Gaviota. Es jugar a dos bandas con Cefalea y con Petro.
Ojeda desvió la mirada hacia la ventana, dejando entrever en su cinismo que el acuerdo secreto con el pacto del gobierno ya venía cocinándose desde mucho antes de la consulta.
—Haga lo que le digo y cambie esos números de las encuestas. En este país, la corriente principal ya está decidida, y es mejor estar del lado del viento que nos va a cobijar.
Mientras la campaña de Valenzuela se resquebrajaba por dentro, en el ala del Pacto Histórico la situación no carecía de singularidades folclóricas y oscuras. Juan Cefalea había anunciado con bombos y platillos a su fórmula vicepresidencial: Hadia Eucliuq, una lideresa del pueblo nasa nacida en Páez, Cauca, y actual senadora de la República por la circunscripción especial indígena.
La designación de Hadia fue vendida por Cefalea como un tributo a la «justicia social, paz y democracia», dándole continuidad estricta al eslogan de Gustavo Petro para captar el voto de los sectores marginados. Sin embargo, la formación académica de la pintoresca lideresa era una nebulosa: las agencias de inteligencia fidedignas confirmaban que, con gran dificultad, apenas había cursado hasta cuarto de primaria, careciendo por completo de título de bachiller o preparación técnica media.
En los debates digitales, la representante a la Cámara de la oposición, Lina María Garrido, encendió las redes con un cuestionamiento punzante que caló hondo en la opinión pública.
—«Dejo esto aquí y me retiro lentamente…» —escribió Garrido en su cuenta oficial de la plataforma X—. «¿No les parece asombrosamente raro que la senadora Hadia Eucliuq fuera retenida por grupos criminales en el páramo de Río Sucio el pasado 10 de febrero de 2026, y liberada apenas tres horas después en una operación «milagrosa» de la Guardia Indígena, para terminar hoy como la candidata vicepresidencial de Juan Cefalea? Uno se pregunta si en esa supuesta retención le dejaron instrucciones claras que ahora Cefalea está cumpliendo al pie de la letra».
En otra intervención, Garrido comparó el perfil netamente ideológico de Eucliuq con la experiencia de la vicepresidenta Francia Márquez, tildándola de «fracaso» para el sector progresista y señalando que no sumaba votos nuevos que la izquierda no tuviera ya asegurados. En contraste, alabó la fórmula del derechista Abelardo de la Espriella, el economista técnico José Manuel Restrepo, considerándolo un acierto capaz de consolidar las fuerzas vivas y el centro real de la nación.
La mesa de la gran farsa electoral estaba servida. Entre discursos de inclusión, encuestas manipuladas por el miedo, pactos ocultos y un preocupante analfabetismo funcional en las altas esferas del petrismo, Colombia marchaba ciegamente hacia las urnas de mayo.
El gélido viento de febrero de 2026 golpeaba los cristales de la Oficina Oval en Washington, pero dentro de la estancia la atmósfera era de un pragmatismo quirúrgico. Frente a frente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el mandatario colombiano, Gustavo Petro, daban cierre a una reunión de más de dos horas que la prensa internacional calificaría de inmediato como un inesperado punto de inflexión diplomático.
Atrás quedaban meses de feroces cruces de declaraciones y choques en redes sociales. Sobre el escritorio presidencial no había acuerdos formales escritos ni compromisos migratorios vinculantes, pero el lenguaje no verbal ya había dictado su propia sentencia. El recibimiento a Petro en Washington se había ejecutado con un protocolo inusual: ni un solo despliegue de los honores militares tradicionales reservados para los jefes de Estado considerados amigos de la Casa Blanca. Solamente había sido recibido por tres de los miembros más serviles de este cuestionado mandatario colombiano. Un mensaje sutil, pero implacable.
Trump se reclinó en su sillón, con el entrecejo fruncido permitiendo traslucir el desagrado que le producía este indeseado encuentro y, entornando los ojos hacia el líder colombiano mientras daban los últimos retoques a las mesas de cooperación conjunta contra el narcotráfico y la nueva sintonía frente a la crisis en Venezuela. Antes de que la delegación colombiana se levantara, el mandatario estadounidense se inclinó hacia adelante, rompiendo la formalidad con un tono de advertencia que heló el ambiente.
—Escuche, Petro —filtraría días después un testigo presencial a una reportera de la cadena CBC de Londres, bajo estricto anonimato—. «Mis estrategas y los miembros de mi gabinete tienen los ojos bien abiertos. Los resultados de los comicios para el Congreso que acaban de oficializar en su país dejan un «cierto tufillo» a manipulación que ya encendió las alertas de mi gobierno. No le vamos a quitar la mirada de encima a las elecciones presidenciales de mayo. Tenga mucho cuidado con lo que hace».
Petro mantuvo una sonrisa rígida intentando ocultar su nerviosismo, desestimando la advertencia con un leve gesto de la mano que sostenía el infaltable lápiz de color amarillo, mientras salía de la Casa Blanca por la “puerta de atrás”, es decir, por la misma por donde entró. Sin embargo, el veneno de la paranoia ya había sido inoculado.
De regreso en Bogotá, en la intimidad de un despacho privado blindado contra interceptaciones, la realidad del Palacio de Nariño se mostraba sin decoro. Gustavo Petro, con la mirada extraviada y los estragos del insomnio marcados en el rostro, compartía una botella de licor con su mano derecha, Orlando Benvenutti. En los pasillos de la política nacional, todos sabían que Benvenutti operaba como una especie de «vicepresidente en la sombra», un estratega con mucho más poder real que Francia Márquez, la nebulosa e intrascendente vicepresidenta oficial.
—Estás subestimando al rubio, Gustavo —dijo Benvenutti, sirviendo más alcohol en el vaso del mandatario mientras caminaba de un lado a otro—. Lo que te dijo Trump en la Oficina Oval no fue un comentario de pasillo. Es una p#$% declaración de guerra fiscalizadora. (omitimos por respeto la vulgar palabrota que empleó)
—Gringos imperialistas… siempre queriendo meter las narices en la autodeterminación de los pueblos —masculló Petro, con la voz pastosa—. La Registraduría está bajo control. El Congreso ya es nuestro.
—¡Despierta! —interrumpió Benvenutti, plantándose frente a él con rudeza—. Nos están vigilando desde los satélites hasta las cuentas bancarias. Si permitimos que Juan Cefalea se robe las elecciones presidenciales de mayo de manera imprudente y directa, como pretendías, los gringos nos van a caer con todo. El plan de fraude directo tiene que cambiar por algo mucho más inteligente. Ya nos metimos en la boca las atrayentes mieles del poder y de una riqueza personal que en tus épocas de guerrillero jamás te alcanzaste a imaginar. No vamos a poner en riesgo nuestras cabezas ni la fortuna por un error de cálculo.
Petro se quedó en silencio, mirando el fondo de su vaso. Las advertencias que le llegaban de forma velada por otros canales de inteligencia confirmaban las palabras de su asesor. La idea de una reelección a la fuerza o de un fraude burdo en mayo se desmoronaba ante la presión internacional. Necesitaba mutar la estrategia.
El insomnio, alimentado por una peligrosa y creciente adicción a las drogas y al alcohol, se convirtió esa noche en el laboratorio mental de Gustavo Petro. En la madrugada, arrastrando los pies por la alfombra del Palacio presidencial, «se le prendió el bombillo». Una idea luminosa y perversa emergió del fondo de sus desconexiones de la realidad.
Al día siguiente, Petro mandó llamar a su despacho a un personaje clave: Reinaldo Alfonso Saladino, su fiel amigo, consejero y «director espiritual». Saladino, un hombre de sonrisa magnética y ambición fría, cruzó el umbral encontrando al presidente eufórico, rodeado de gráficos electorales del Congreso y carpetas de la recientemente pasada Consulta Popular del 8 de marzo.
—Míralos, Reinaldo —le dijo Petro, señalando los mapas con una risa cínica—. Creyeron que el Congreso se nos iba de las manos, pero movimos los hilos correctos en las sombras y colocamos a casi la totalidad de nuestras fichas tanto en el Senado como en la Cámara.
—Fue un movimiento maestro, presidente —respondió Saladino, acomodándose las gafas con parsimonia—. Pero la presión de la derecha por la consulta de marzo es real. Gaviota Valenzuela ganó, viene cada vez más fuerte y se convirtió en una enemiga peligrosa.
—¡Que venga! —exclamó Petro, cuyos ojos brillaban por la intensidad efectiva de los alucinógenos—. Ya conquisté el acierto de no permitir que Juan Cefalea se inscribiera en esa Gran Consulta. Exponerlo ahí habría puesto en evidencia las verdaderas intenciones de voto de este pueblo, y no voy a dejar que cuestionen nuestro canal de continuidad. A este pueblo ignorante hay que seguirle dando «más de lo mismo», pero de una forma que los gringos no puedan castigar. Yo seré el Gran Titiritero.
Saladino lo miró en silencio, midiendo cada palabra. Petro se acercó a él y le puso una mano en el hombro con efusividad, una escena idéntica a la fotografía que reposaba en los archivos secretos del palacio.
—Pondremos a Juan Cefalea como el siguiente presidente de Colombia —susurró Petro, con el tono de quien dicta un decreto divino—. No importa qué tan sucio tengamos que jugar, él ocupará la silla. Será mi primer idiota útil. Y mientras el país se desgasta con él, tú, mi fiel pastor, te irás preparando ante la opinión pública para ser el presidente en el siguiente período, justo después de Cefalea. Y así sucesivamente… Nos iremos turnando la corona, perpetuando el verdadero apoderamiento del poder tras la cortina de nuestra ideología. Seguiremos manipulando las mentes frágiles y las necesidades básicas de ese gran sector ignorante que me ve como el nuevo mesías, el Robin Hood latinoamericano que le quita a los ricos para darle a los pobres.
Saladino sonrió, asintiendo con una reverencia calculada. El plan para el «Imperio del Payaso» acababa de nacer en la mente de un hombre que ya no distinguía la lucidez de la paranoia colectiva.
Los días siguientes vieron a un Gustavo Petro cada vez más desconectado de la realidad, sumergido en prolongadas sesiones donde el alcohol de alta graduación y las sustancias psicotrópicas dictaban la agenda de gobierno.
Fue durante una de esas madrugadas de neblina bogotana cuando el delirio del mandatario cruzó la última frontera de la razón. Solo en su despacho, bajo el influjo de una fuerte dosis de alucinógenos, las sombras de la habitación comenzaron a distorsionarse. A diferencia de su homólogo venezolano, Nicolás Maduro, a quien se le aparecía un «pajarito» en sus trances de misticismo político, a Petro se le presentó una silueta mucho más imponente en aquella conversación esotérica: ¡el mismísimo Hugo Chávez Frías en persona!
La aparición, proyectada por la mente desquiciada del mandatario, extendió su mano espectral sobre el mapa de Suramérica.
—Gustavo… el momento es ahora —pareció resonar la voz del caudillo fallecido en la mente de Petro—. Aprovecha la coyuntura. El gobierno de Venezuela está quebrado, atravesando una transición caótica tras el encarcelamiento de Nicolás Maduro y su pícara esposa… Es tu turno de tomar el estandarte.
Petro, de rodillas cerca del escritorio, contemplaba la alucinación con lágrimas en los ojos, asintiendo fervientemente ante la exhortación del fantasma.
—Reviviremos la gran causa bolivariana, comandante… —balbuceó Petro en su monólogo delirante—. Fusionaremos las fronteras. Una mezcla geográfica absoluta entre Colombia y Venezuela, un solo bloque bajo nuestra misma bandera ideológica, aprovechando la hermandad de los pueblos…
Cuando la luz del amanecer rompió la oscuridad de la estancia, la aparición se disipó, dejando a un presidente exhausto pero convencido de su destino mesiánico. Las cartas de la gran farsa electoral de 2026 ya estaban marcadas en su cabeza. El plan de dominación, las marionetas presidenciales y la destrucción de la democracia colombiana estaban en marcha, orquestados por el poder en la sombra de un hombre dispuesto a todo con tal de no soltar las mieles del Palacio de Nariño.
Y lo que sigue, ¡No se lo pueden perder!
Comentario de mi EditorAcerca del Autor: El Corazón detrás del Imperio del Payaso
Detrás del seudónimo de AgroEscritor se encuentra Nelson Jaramillo Restrepo, un hombre cuya vida ha sido un puente entre los rascacielos de la alta dirección corporativa y los surcos del campo colombiano.
Nacido en el corazón del Paisaje Cultural Cafetero, Nelson es Economista y Tecnólogo en Administración y Finanzas, una base académica que le permitió navegar con éxito las aguas del rigor técnico y estratégico.
Su trayectoria profesional es un testimonio de liderazgo, con más de cuatro décadas en el sector asegurador, donde alcanzó posiciones de Vicepresidencia en cuatro de las compañías más importantes de Colombia.
Esta maestría en el mundo de los negocios no se quedó en las juntas directivas; su compromiso con el conocimiento lo llevó a las aulas universitarias, donde durante nueve años compartió su experiencia en marketing y reaseguros con las nuevas generaciones.
Sin embargo, como las semillas que protagonizan su narrativa, las raíces de Nelson nunca dejaron de buscar la tierra.
En la última década, decidió reencontrarse con su pasión por la vida rural, transformándose en un caficultor y emprendedor que no solo cultiva grano, sino que siembra soluciones.
Convencido de que la verdadera prosperidad nace de la honestidad y la innovación, Nelson fundó AgroEscritorio.com, una plataforma donde la experiencia empresarial y la sabiduría campesina se dan la mano para enfrentar los desafíos del agro y la sociedad moderna.
Su incursión en la literatura es el resultado de esta vida híbrida.
En sus obras, la disciplina del economista se rinde ante la magia del narrador, invitando a los lectores a creer que no hay montaña que no podamos conquistar si estamos "en sintonía" con la naturaleza y la técnica.
Nelson vive y trabaja desde sus raíces, ofreciendo a través de su portal digital herramientas de capacitación y reflexiones periodísticas que buscan democratizar el conocimiento con la misma generosidad con la que la tierra entrega sus frutos.
Te invitamos a conocer más sobre sus proyectos, blogs e investigaciones en su sitio web oficial: https://autor.agroescritorio.com, un espacio abierto para conversar y seguir construyendo país.
Felicidades y seguimos en sintonía.
¡Firmes por la Patria!
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"¡Una obra maestra que te atrapa desde la primera página! 'El Imperio del Payaso' es una radiografía cruda, satírica y dolorosamente real de los hilos del poder en nuestra región; me sentí devorando un thriller político cinematográfico. Pero lo que terminó de cerrar con broche de oro mi compra fue el bono de regalo. El manual de 'Hidroponía, Fresa y Chocolate' está tan bien estructurado, con pasos tan claros y sencillos, que ya mi esposo y yo estamos diseñando nuestro primer módulo de cultivo en casa. ¡Una combinación perfecta de genialidad literaria y valor práctico!"

"Como amante de las novelas de suspenso político, 'El Imperio del Payaso' superó todas mis expectativas. El autor logra un equilibrio perfecto entre la ficción, el drama y una fuerte dosis de realidad que te hace reflexionar sobre el destino de nuestros países latinoamericanos. Además, la sorpresa del bono me pareció increíble. No esperaba que un manual técnico como el de 'Hidroponía, Fresa y Chocolate' fuera tan amigable y comercialmente viable para emprender. Es el empujón que necesitaba para iniciar un negocio alternativo. ¡100% recomendado!"

"Me llamó mucho la atención la propuesta conceptual de AgroEscritor y decidí comprar la novela. ¡Qué gran acierto! El ritmo narrativo de 'El Imperio del Payaso' es adictivo, los personajes están llenos de matices psicológicos fascinantes y la crítica social está manejada de forma magistral. Por otra parte, el libro de hidroponía incluido como incentivo de lanzamiento es una joya absoluta para los que buscamos sostenibilidad y emprendimientos verdes. Es una guía premium que perfectamente podría venderse por separado. Un paquete digital redondo y de altísima calidad."

"Hacía tiempo que un libro no me generaba esa urgencia de no querer dejar de leer para saber qué pasaba en el siguiente capítulo. 'El Imperio del Payaso' es brillante, una metáfora perfecta del engaño populista llevada al extremo del suspenso. Y el regalo de 'Hidroponía, Fresa y Chocolate' me pareció un bombazo de valor. Es un manual técnico-económico impecable, directo al grano y pensado para que cualquiera pueda emprender con éxito en el agro urbano. Felicitaciones al autor por democratizar el conocimiento de esta manera."
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