Tabla de Contenidos
Toggle
En la vibrante Santa Marta de la Colombia poscolonial, Doña Gertrudis del Castillo y Molina se desvanece ante una enfermedad que la ciencia europea no logra comprender. Mientras los médicos de la época la debilitan con diagnósticos erróneos, su única esperanza surge de un lugar inesperado: las profundidades de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Bajo la guía de la joven indígena Estrella Matutina y los líderes espirituales del pueblo Kogui, se revela una verdad que el «ojo occidental» no pudo ver. La cura no reside en químicos, sino en el Cacao (Käkäw), el núcleo vital de la tribu, y la fresa silvestre de las cumbres. Pero este milagro tiene un precio que trasciende lo material: un pacto sagrado para proteger la tierra ancestral de la ambición desmedida.
Fresa y Chocolate no es solo una historia de sanación; es el nacimiento de una dinastía.
Esta es una épica familiar conmovedora que explora la colisión de culturas y el poder de la tierra. Es un relato vibrante donde el conocimiento ancestral demuestra ser la única fuerza capaz de redimir el alma y sanar el cuerpo.
¡No te pierdas esta extraordinaria historia! Consigue hoy mismo tu edición eBook de Fresa y Chocolate en Hotmart y descubre el secreto de la «moneda verdadera».
¿Quieres conocer un poco más sobre el contenido de la novela? ¡Claro que sí! y con el mayor gusto: En la sección siguiente te ofrecemos una reseña general elaborada con el propósito de facilitarte un poco más de información, así como el contenido de los primeros cinco (5) capítulos de la novela (en total son 37 más 3 apéndices).
Reseña sobre el contenido de la obra FRESA Y CHOCOLATE
La sabiduría ancestral fue la única cura que el oro no pudo comprar.
En la vibrante Santa Marta de la Colombia poscolonial, Doña Gertrudis del Castillo y Molina, una dama aristócrata de la más rancia estirpe española, languidece al borde de la muerte. Aquejada por jaquecas insoportables y un cuerpo que se rinde a la anemia, ha sido desangrada y envenenada por los costosos galenos europeos, quienes la diagnosticaron erróneamente con un «exceso de sangre».
Desesperado, su esposo, Don Manuel Posteguillo, el exitoso comerciante, busca una solución a cualquier precio, ofreciendo una jugosa recompensa en oro o joyas. Su única esperanza reside en una invitación inusual, atraída por el sacerdote jesuita Padre Nicanor y la joven indígena Estrella Matutina, la «palabrera» del Pueblo Kogui (Tayrona).
El Aldakaldi (Chamán) y la Aldakalditsewa (Curandera), líderes espirituales y científicos, diagnostican la verdad usando su «tercer ojo» y la sabiduría de la tierra: la dama está taponada por una «manteca espesa» (grasa) y su cuerpo ha sido debilitado por la ciencia occidental.
El ritual de curación se basa en dos tesoros de la Sierra Nevada: el Cacao (Käkäw), el «núcleo vital» y la «moneda» de la tribu, y la Fresa silvestre, rica en energía fría de la cumbre. Con este elixir ancestral, Doña Gertrudis experimenta una curación inmediata.
Pero el precio del milagro no es material: el Chamán exige a Don Manuel que luche por la devolución de la tierra ancestral y que proteja su resguardo de la ambición del «hombre blanco».
A partir de este pacto sagrado y un amor inesperado entre el hijo de los Posteguillo, Alfonso, y la indígena Estrella Matutina, se forja un legado:
Descubra cómo Alfonso y Estrella se convierten en pioneros, reviviendo en su «Finca Bendita» la tecnología ancestral del cultivo hidropónico en balsas flotantes.
Vea cómo la visión de transportar la delicada fresa inspira la creación de la caja de madera aislada, la bisabuela del moderno sistema Termo King y la de frío.
Viaje hasta el siglo XXI, donde la tátara nieta de Gertrudis y Estrella, Margarita Valdivieso, comanda un imperio de «Granjas Móviles» (contenedores refrigerados) en Estados Unidos, cultivando fresa hidropónica todo el año.
Sea testigo de cómo Margarita enfrenta una nueva ola de corrupción y envidia, demostrando que la lucha por la «moneda verdadera» (el trabajo honesto y el alimento limpio) es un viacrucis que trasciende las generaciones.
«Fresa y Chocolate» es una épica familiar, una conmovedora historia de amor y un vibrante relato sobre la colisión de culturas, donde el conocimiento de la tierra demuestra ser la única fuerza capaz de sanar el cuerpo y redimir el alma.
Publicación: ISAN-0148-100226
Para hacerse a una idea más cercana al estilo y trama de la novela, con gusto les comparto acá el primer capítulo de la obra. Deseo de verdad que lo disfruten y agradeceré perpetuamente sus valiosos comentarios pues, con base ellos, podré continuar con mi radical empeño por mejorar, «sin prisa pero sin pausa», el estilo y la valoración objetiva de los contenidos que afectuosamente les quiero compartir.
Luego de un largo y entretenido recorrido para apreciar una buena parte de las diferentes “muestras” y exposiciones en el evento de “AgroExpo”[1] celebrado en Corferias (Bogotá) entre el 9 y el 20 de julio del presente año (2025), se disparó en mí el aviso interno de que “ya era hora de tomarme un buen energético”.
Inicié entonces la búsqueda, manteniendo como premisa que el sitio a escoger no fuera de los que preparan el café en “greca”[2], por el riesgo de la bebida “reciclada”, o peor aún, “recalentada” y no completamente fresca, cuyo consumo constituiría una especie de delito para el aprendiz de barista[3] como me considero en la actualidad, amén de mi sensible intolerancia a estos “experimentos gástricos”.
No tuve que buscar mucho, la verdad, y preciso, finalizando la nutrida fila con puestos de comidas rápidas, pude identificar un sitio que llamó mi atención.
Todavía me faltaban como unos 10 metros, ¡cuando la vi! ¡Sí, allí estaba!… Esplendorosa y reluciente… Esparciendo ese aroma cual perfume subyugante que embruja, que se apodera de nuestros principales sentidos, que nos inunda de energía y abre una ventana de positivismo en nuestra mente. ¡Sí, ella es!… Una hermosa máquina de tamaño mediano para lograr el café fresco por el método de la extracción, complementada además con el especial apéndice para texturizar o espumar la leche (más conocido como el vaporizador).
Este irresistible imán en forma de nube que se huele, pero no se ve, me fue envolviendo y atrayendo como si fuera una especie de acariciante y enorme mano invisible. Apliqué entonces una buena dosis de fuerza de voluntad para no salir corriendo “como un loco”, moderando mis rápidos pasos con un caminar dinámico pero decoroso para “no hacer el oso[4] .— ¡Y no se diga más, este es mi sitio! —dije en voz baja.
Me senté entonces sobre un butaco alto, de silla redonda sin espaldar, con un abollonado cojín forrado en cuero sintético de color rojo y unas primeras fisuras causadas por el alto uso, mobiliario éste bastante usual en las barras de bares y cafeterías con cierto nivel de categoría. Me acomodé rápido para evitar que otro “impaciente y sediento cliente” se me adelantara y me quitara el puesto.
Tomé mi celular y comencé a ojear superficialmente la enorme lista de remitentes en WhatsApp junto al indicador sobre el número de mensajes en espera de ser leídos, mientras esperaba que me llegara el turno para que el atareado barista me pudiera preparar un “café americano” doble. ¿O tal vez prefería un capuchino con uno de esos respetables dedos de queso que le estaban sirviendo a mi vecino? Pero no, lo descarté de inmediato porque con ese antojo me dañaría el almuerzo.
En esas, llegó una joven y bien presentada mujer (estimo que, de unos 30 años, aunque no me consta), vestida con una blusa blanca de algodón con unos bonitos bordados alrededor del cuello y en los extremos de las amplias mangas largas que le cubrían los brazos; de su hombro izquierdo colgaba un chal negro, también en tejido de algodón, con dos delgadas franjas amarillas; pantalones vaqueros y botas texanas (¡Vea pues!). Le acompañaba un bolso medianamente grande, tipo mochila con adornos Wayuu de vistosos colores.
Sin siquiera mirarme se sentó a mi lado y preguntó al dependiente (empleado barista) si tenían café de origen, de tostión media, molienda media-fina y cultivado en la Sierra Nevada de Santa Marta, para que le preparara un “café latte con doble espresso” y sin azúcar.
El personaje interpelado (el barista) le contestó afirmativamente y le confirmó la preparación del pedido, pero, advirtiéndole que “había cola” y tendría que esperar unos minutos mientras despachaba algunas peticiones anteriores, a lo cual ella respondió que no tenía inconveniente, aprovechando para descansar sus doloridas extremidades inferiores de la larga estadía de pie, más la reciente caminata haciendo recorrido por los diferentes stands.
De otra parte, el hecho de hacer un pedido tan específico llamó mi atención, y aplicando una dosis de autocontrol hacia mi timidez característica, me atreví a preguntarle:
—Disculpe, buenos días. Parece que a usted también le encanta el buen café, como me sucede a mí. ¿Estoy en lo cierto?
Me miró un poco extrañada, me imagino que, pensando, «y este señor tan confianzudo, ¿Quién será?», pero al advertir mi sonrisa bonachona y el aura angelical que se desprendía de mí, completaría su calificación con un «Ah. No hay de qué preocuparme. Este viejito tiene pinta de buena gente» y amablemente me contestó:
—Efectivamente. Me encanta el buen café, pero, sobre todo el preparado con el producto de los Tayronas en Santa Marta.
—Ah, vea pues —le digo yo, y continúo— y, ¿alguna razón especial para que sea precisamente este café de los Tayronas? Discúlpeme, primero me presento: soy Nelson Jaramillo y espero no estarla incomodando.
—Para nada —me contesta ella—, la verdad es que no acostumbro a hablar con extraños, pero usted parece buena gente. Mi nombre es Margarita Valdivieso. Soy samaria[5] , pero llevo varios años viviendo en Estados Unidos, aunque tengo bastante familia en Colombia.
— Y sí, —continúa ella— tengo una razón especial para preferir este café que hablamos, pues me permite mantener cierta conexión con mis ancestros.
—Vea pues —replico yo— aunque pienso para mí «pero…, mona (o sea rubia), ojiverde, sumamente bonita, por cierto, con esos rasgos tan pulidos de su cara, bastante alta, de pelo largo y crespo, no parece precisamente indígena Tayrona, pero cosas extrañas suceden…».
Adivinando ella mis pensamientos, sonríe y me dice: —No me refiero a que yo sea una indígena Tayrona, sino a que tenemos en mi familia, desde mis ancestros más remotos, una especial deuda de gratitud con ellos. Yo en realidad soy descendiente de españoles que luego se emparentaron con nativos en Colombia.
— ¿Cómo así? —intervengo yo— pero mire usted, que historia tan poco usual esa. ¿Y le molestaría contarme un poco sobre ello?
—Usted es como curioso —me dice ella— Y a propósito, ¿a qué se dedica?
— ¿Yo? —le respondo— soy un modesto agricultor y curioso, ciertamente, por eso viajé para asistir al AgroExpo[6] de este año.
―Ah, usted es expositor ―dice ella.
―No, que va ―le contesto― Ya quisiera yo. No, en realidad solo soy un modesto agricultor y visitante curioso, pero con mucha motivación de seguir aprendiendo sobre técnicas y recomendaciones que podamos aplicar en nuestros cultivos tradicionales.
Terminando de decir esto, bajo la vista y me doy cuenta de que ella tiene pegada a un lado de su bolso, una escarapela que la identifica como expositora.
Obviamente ella se da cuenta de mi gesto, sonríe nuevamente y me dice:
―Sí, efectivamente vinimos, junto con un hermano, en representación de mi familia para dar a conocer nuestro programa de cultivo alternativo a través de “granjas móviles” que estamos desarrollando desde hace unos cuantos años, con recorrido por varios sitios y puntos establecidos en diferentes lugares de Estados Unidos.
― ¿Cómo? ¿Sí le escuché bien? ―mostrando con poquísimo recato mi cara de extrañeza― ¿Granjas móviles? ¿Y eso que es?
De nuevo me regala su angelical sonrisa y replica:
(Nota de AgroEscritor: Para no hacer excesivamente larga esta parte de la narración, invito a mis amables lectores a que hagamos una pausa, nos tomemos un buen café y luego continuamos con los siguientes capítulos
¡Y no se imaginan lo que vamos a encontrar allí!)
[1] Ver definición un poco más adelante sobre «Qué es AgroExpo y lo que significa para todo el mercado latinoamericano».
[2] «La Greca» es una cafetera icónica en forma de torre, que incluye un águila en la parte superior y ha sido muy común en los cafés tradicionales de Colombia desde mediados del siglo XX (especialmente asociada a la marca Torrecafé Aguila Roja), es conocida genéricamente como cafetera de torre o torre de café. Aunque el águila es emblema de la marca, estas máquinas suelen ser del tipo espresso vertical de marcas italianas como Victoria Arduino o similares adaptadas.
[3] En la mayoría de los países de habla hispana, un barista es un experto que prepara y sirve bebidas de café de alta calidad, con un amplio conocimiento sobre los granos, sus tuestes, y los métodos de extracción y/o filtrado para resaltar sus mejores cualidades.
Margarita Valdivieso del Castillo: Historiadora, escritora y eslabón fundamental de conexión entre las diferentes piezas y episodios de la obra. Adicionalmente, es la exitosa Gerente Comercial de una empresa familiar con sede en Estados Unidos, dedicada al cultivo de frutas y hortalizas, pero, dentro de un esquema novedoso que identifican como “Granjas Móviles”. Es tátara nieta de Doña Gertrudis del Castillo y Molina.
Margarita, caracterizada además por su férrea disciplina, espíritu investigador heredado e incentivado sobre todo por sus abuelos, logra terminar con honores los diez semestres de su carrera para Negocios Internacionales en la Universidad del Norte de Barranquilla, aprovechando la existencia de la sede alterna en Santa Marta. Pero no siendo esto suficiente para ella y a pesar de haber logrado un nivel medio alto de inglés en el Colegio de la Presentación también ubicado en dicha ciudad, acogió de entrada la opción ofrecida por su universidad para realizar una profundización en dicho idioma, pasando sin problema los diferentes exámenes para obtener su certificación como bilingüe.
En 2025, Margarita está casada con Rudiger, alemán residenciado en USA, quien tiene un importante cultivo de naranja en zona rural del Valle del Río Grande, en el sur de Texas, dado que cuenta con un clima subtropical apto para el cultivo de cítricos.
Rama genealógica parcial sobre la familia de Margarita: Josefina (Pepita) fue dada a luz por Genoveva cuando ésta cumplió 31 años. Pepita tiene cuatro hijos, siendo Margarita la menor de ellos. Teniendo en la actualidad Margarita 32 años (nació en 1993), su madre Pepita, habiendo dado a luz a Margarita cuando cumplió los 35 años, hoy en día tiene 67 años y, la abuela Genoveva tendría 98 años, pero falleció a los 80.
En concordancia con ello (y ubicándonos en el año actual 2025), Estrella nace en 1898 (hoy tendría 127) y Gertrudis nace en 1849 (hoy tendría 176). Esta es la información que tendremos en cuenta por ahora para el desarrollo de la novela. Paulatinamente iremos describiendo la caracterización de cada uno de estos personajes mencionados, en la medida que vayan entrando al «escenario».
Pero dejemos esto de lado temporalmente y volvamos a la parte central de nuestra historia:
«Un encuentro afortunado para una historia inesperada», que podrán conocer continuando con el siguiente episodio de la narración.
¡No se lo pueden perder!
Publicación: ISAN-0141-070226
― ¿Cómo? ¿Sí le escuché bien? ―mostrando con poquísimo recato mi cara de extrañeza― ¿Granjas móviles? ¿Y eso que es?
De nuevo me regala su angelical sonrisa y replica:
―Es un cuento un poquito largo. Mejor, si le parece, cuando nos sirvan y terminemos de tomar nuestro café, le invito a que nos visite en el stand y allí le explicamos en detalle de qué se trata.
―Encantado de aceptar su invitación ―le respondo―
Luego de una pausa silenciosa por casi un minuto, vuelvo “a meter la cucharada”[1] y le digo:
―Parece que nuestro amigo barista sigue bastante embolatado y todavía se va a demorar algunos minutos adicionales para servir nuestro pedido. Mientras tanto, porque la verdad es que me quedó sonando esta referencia suya a la “relación de sus ancestros con la comunidad Tayrona”. ¿Se animaría a contarme algo sobre ello?
―Si claro ―me contesta― no tengo inconveniente, aunque sólo le voy a hacer un resumen porque es una historia bastante larga.
No sé de dónde se me sale algún “gen mexicano” y presuroso, antes de que se arrepienta, le digo:
― ¡Pues ándale no más!… Soy todo oídos.
Ella levanta su bella cabeza, mira durante unos pocos segundos hacia el cielo explorando el espacio, como evocando y trayendo a su memoria una incierta cadena de recuerdos e imágenes. Llena de aire sus jóvenes pulmones para luego expulsarlo despacio por su bella boca frunciendo los labios como si fuera a apagar una vela de cumpleaños, y empieza esta interesante historia…
(Advertencia del escritor: Me pareció tan interesante la historia que, con permiso de Margarita, tomé algunas notas mentales, otras manuscritas e hice algunas grabaciones en mi teléfono celular para luego desarrollarlas por escrito transcribiéndolas, adicionando en algunos casos la dramatización con ciertas imágenes que fueron surgiendo en mi mente, incentivadas por el colorido de la narración, respecto a algunas llamativas vivencias de los antepasados de mi interlocutora.
Espero que cuando ella lea esto, si logro despertar su interés, me perdone las involuntarias fallas narrativas en que pudiera estar incurriendo, aunque cabe también precisar, que los acontecimientos principales he tratado de plasmarlos por escrito, con la mayor fidelidad y precisión posible, preservando la parte esencial de la historia.
Entremos entonces en materia…)
[1] «Meter la cucharada» es un modismo o frase popular que utilizamos cuando alguien, sin preguntarle a su interlocutor si le autoriza o está de acuerdo, improvisa y ejecuta una nueva intervención verbal.
Publicación: ISAN-0142-070226
(nuevos protagonistas a partir de este capítulo de nuestra historia)
Doña Gertrudis del Castillo y Molina: Encopetada dama española. Nacida en cuna de alta alcurnia, cuya familia y la de su esposo se “codeaban de tú a tú” con los reyes de la corona en dicho país, de quienes fueron importantes proveedores con telas y paños especiales.
Su noble espíritu y fuerte convicción religiosa sobre la buena práctica de la caridad cristiana, la indujo a convertirse en líder comunitaria y benefactora de varios programas y obras sociales, granjeándose en consecuencia el respeto y el cariño de prácticamente toda la población que la conocía físicamente o por referencias de los vecinos.
Para la época de la narración, recién acababa de cumplir los 49 años, pero su traumático estado de salud la hizo parecer, durante un tiempo corto afortunadamente, una mujer mayor, casi anciana.
Casada con Don Manuel Posteguillo y madre de 5 hijos, entre quienes destacaremos a Alfonso, el menor de ellos, como coprotagonista de nuestra narración.
Don Manuel Posteguillo: Exitoso comerciante español, importador de telas y paños confeccionados en Asia y Europa; habilidoso sastre especializado en confección de trajes para uso masculino. Casado con Doña Gertrudis y diez años mayor que ella, adoraba a su esposa y daría o haría lo que fuera necesario para recuperarle el estado de salud, la alegría y dinamismo que la caracterizaban y empleaba para el desarrollo incansable de la labor social de su meritoria cónyuge.
(continua la historia…)
Aparece entonces en escena Doña Gertrudis del Castillo y Molina, cincuentona dama de rancia estirpe, aristócrata por herencia familiar desde incontables generaciones. Nacida en el corazón de Toledo, insigne y famosa población ibérica de la entonces conocida como la “Madre Patria”, pero residenciada esta matrona en Colombia desde casi quince años atrás, a raíz del nombramiento de su esposo como honorable “Sastre y consejero de la Moda para la Corona Española, sus magistrados y delegados ilustres en América”.
Cuando el par de cónyuges, Doña Gertrudis y Don Manuel Posteguillo llegaron a estas tierras, el bajísimo precio de la propiedad les permitió escoger y hacerse a una enorme casa de inmediato, gracias a la holgada fortuna económica de que disfrutaban.
Se instalan entonces en la aún pequeña pero acogedora ciudad de Santa Marta, en el Caribe colombiano, en una mansión con salida al mar y un lote privado sembrado de frutales, flores y diversas plantas ornamentales, un corral de gallinas y una “cuadra” para el albergue y alimentación de un par de hermosos caballos importados de Arabia, uno de ellos de pelaje totalmente negro, y el otro alazán de pelaje color canela con una gran mancha blanca desde la frente hasta el inicio del belfo superior.
Se encontraba rodeada toda esta propiedad con murallas de rocas y argamasa, techo en tejas de barro cocido, material conseguido sin problema en la región. Las paredes interiores construidas con guadua y esterilla del mismo material, “pañetadas” (recubiertas) con una mezcla de boñiga y argamasa, pintadas luego con una base lechosa de cal.

Las puertas, ventanas y chambranas, todas en madera, pintadas de color rojo, siguiendo la usanza y costumbre española de la época. Esta magnífica propiedad ocupa poco más de una manzana completa de extensión.
Nota del autor: Foto que reproduce una réplica sobre el corredor trasero de la casa habitada por la familia Posteguillo en Santa Marta (mediados del siglo XIX), basada en versión memorizada por los progenitores de Margarita Valdivieso, nuestra generosa interlocutora quien hizo posible la narración de esta historia.
(Hoy día desafortunadamente ya no existe, pues fue demolida para construir un hotel y áreas de esparcimiento para turistas.)
No obstante ser una zona bastante tranquila, con pocos habitantes en el vecindario, el hambre física ya estaba haciendo estragos, induciendo a la aparición de los primeros “amigos de lo ajeno”, aunque sus botines se restringían básicamente a la sustracción de víveres y eventualmente algunas prendas de vestir.
Ello condujo a que, por precaución, durante las noches principalmente, se bloquearan las puertas y algunas ventanas con lo que conocemos como “trancas” o sea travesaños y soportes de madera.
(continúa el relato)
Felicidad y viacrucis de Doña Gertrudis.
(No se pierdan la próxima entrega. Es que definitivamente muchas veces “la suerte del pobre la desea el rico”. Continuaremos entonces con la historia… ¡Les va a sorprender!
Publicación: ISAN-0143-070226

Doña Gertrudis, a quien apreciamos en esta pintura bastante bien lograda por el Maestro Jean-Auguste-Dominique Ingres (francés, nacido en la ciudad de Montauban), nos permite apreciar con absoluta fidelidad el hermoso rostro, el espléndido estado de salud, su apacible mirada transmitiéndonos, además de la indiscutible seguridad en ella misma, su inmensa pero sana alegría, la paz interior y el bienestar indiscutible de que gozaba hasta unos seis meses antes de que su vida cambiara.
Su vestimenta, característica de las prendas de diseñadora que, de manera exclusiva le confeccionaban por encargo las más prestigiosas modistas europeas.
Sus bellas, bien proporcionadas y perfectas orejas portaban durante las sesiones de pose para la creación de la pintura que hace justo homenaje a su belleza, un par de largos aretes con motivos precolombinos, construidos expresamente para ella por un experto artesano local, obviamente empleando oro de 18 kilates.
Complementado todo ello con esa espectacular diadema de plata, con una generosa incrustación de diamantes africanos, rubíes importados de Mozambique y Tailandia, enriquecido el cuadro de esta esplendorosa exhibición de lujosas joyas, con una generosa provisión de esmeraldas, obviamente extraídas de nuestras minas en Colombia.
El lujoso sillón en que se encuentra sentada nos da una ligera idea sobre el estilo y tipo de mobiliario con que estaba dotada la mansión de los Posteguillo. En esta ocasión, ella posa para su maestro pintor (o ¿fotógrafo?), en un sillón similar al que usaban los reyes de España, formando parte del mobiliario de la exclusiva sala de lectura de la adinerada familia.
Este conjunto de detalles nos brinda una muestra evidente de la rutina de Doña Gertrudis. Bastante mal acostumbrada, por cierto, dado el transcurrir de su vida en forma holgada, sin mayores preocupaciones ni labores que atender fuera de la administración de su hogar con la asistencia de un nutrido grupo de criados, y la coordinación logística de los frecuentes eventos sociales que ese mundo protegido por la “burbuja del confort” y el disfrute de su amplia riqueza le permitían a ella y a toda su familia cercana.
En resumen, todo en la vida de Doña Gertrudis era paz, tranquilidad, todas las necesidades plenamente satisfechas. Salud envidiable, holgura económica, bienestar espiritual. Es decir, resumido en dos palabras: contaba con la ¡Felicidad absoluta!
Pues resulta que, a partir de cierto día, Doña Gertrudis comenzó a padecer de persistentes y cada vez más frecuentes dolores de cabeza.
El dictamen del médico, también español y residente en el pueblo, como “eminente científico” que se consideraba a sí mismo, luego de un largo e innecesario interrogatorio que en realidad solo buscaba justificar los altos honorarios que cobraría, y a pesar de haber subestimado la dolencia desde el principio, dictaminó que la causa principal se debía a la prolongada exposición al sol y las altas temperaturas, prescribiendo como tratamiento medicinal, el uso de “pavas” o sombreros livianos de ala ancha, con aplicación intermitente de compresas con agua fría sobre la frente, el cuello y la parte superior de la cabeza.
Doña Gertrudis muy juiciosa inició el “tratamiento” pero, sin ninguna mejoría real. Las compresas le calmaban el dolor durante un par de minutos nada más.
Vuelve entonces al mismo médico quien le receta Aspirina, de reciente implementación en Europa y América, pero tampoco logra el efecto deseado.
Decide entonces el galeno “escalar el tratamiento” y comenzar a utilizar el opio, consiguiendo un mayor efecto, es cierto, pero, ante las consecuencias colaterales incapacitantes por el creciente y prolongado adormecimiento de la paciente, aunado al riesgo de volverla drogadicta, en pocos días también se vio forzado el profesional a suspender este tratamiento altamente invasivo.
Antes de darse por vencido y, gracias al patrocinio del viaje costeado por Don Manuel Posteguillo, esposo de Doña Gertrudis, propició un encuentro con varios de sus colegas más expertos en España.
Ya en dicho país, realizaron una prolongada “Junta Médica” pero, como en dicha época la “enfermedad oculta” de la hipertensión no se conocía aún, llegó todo este grupo de “expertos” al diagnóstico en consenso que, la causa era la cantidad excesiva de sangre entre las venas de la persona en evaluación (¿?)
El tratamiento más efectivo entonces, sería necesariamente acudir a la “sangría”, convencidos que, al disminuir la cantidad de sangre circulante por las venas y arterias de la paciente, necesariamente tendría que disminuir la causal interna del persistente dolor de cabeza.
Inclusive llegaron a aconsejar que, para incrementar la intensidad y velocidad del tratamiento, bajo la dirección del médico que motivó el encuentro profesional, se aprovechara la existencia voluminosa de ese pequeño bicho conocido como “sanguijuela” que encontraría fácilmente en los pantanos de la región.
Regresa entonces el médico del pueblo, entusiasmado con este arsenal de soluciones para ayudar al tratamiento y, vanidoso y petulante como siempre, luego de saludar protocolaria y escasamente al comité de recepción de la población, quienes le tenían desplegada una enorme pancarta de bienvenida, fuegos artificiales y banda “papayera” musical que inició de inmediato la interpretación de alegres canciones y piezas costeñas, se dirigió dicho galeno, sin importarle el desplante, raudo y presuroso, a la mansión de los Posteguillo para iniciar de una vez la primera parte del tratamiento: este oculto secreto científico que no sólo solucionaría de inmediato una “vulgar y sencilla dolencia”, sobrecalificada como enfermedad, sino que le abriría también las puertas a su fama mundial y una enorme fortuna material como consecuencia de ello.
Para la primera sesión, el galeno, haciendo alarde de un enorme misterio, considerándose como el “nuevo gurú” de todas las ciencias, en forma cautelosa pero acompañada con algunos gestos cercanos al malabarismo y practicante de la “magia de circo”, comenzó a preparar a la paciente habilitando un tazón de barro cocido debajo de cada brazo. Para el brazo derecho utiliza una lanceta metálica comenzado de inmediato la extracción copiosa de sangre.
Pero como quería demostrar la eficacia de su “enriquecida sabiduría” acelerando el tratamiento, toma también el brazo izquierdo aplicándole en el pliegue interno del antebrazo, un trío de “escarificadores” (dispositivos afilados que abrían varias venas pequeñas a la vez).
Sin embargo, por prudencia, con esta primera sesión de la sangría, le extrajo solamente 500 centímetros cúbicos de sangre. Esperó un par de horas más para celebrar el tan esperado efecto ¡Pero nada!
Un par de días después, en la segunda sesión, subió la dosis al litro completo de sangre y ¡tampoco!
Retorna nuevamente el “experto galeno” a Europa, obviamente con viaje y gastos costeados por Don Manuel, en donde realiza una nueva Junta Médica con un más nutrido grupo de famosos profesionales ya no solamente españoles.
Por la presión del reto a tan prestigioso cúmulo del conocimiento “experto” llegaron inclusive a recomendar otro par de métodos bastante cuestionables, por cierto. Pero, en fin, ¡había que probar de todo! Para no quedar mal con tan importante familia, española de nacimiento, pero criolla por adopción.
Regresa a Colombia este galeno, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, para experimentar con nuevos métodos, en concordancia con las recomendaciones de sus colegas europeos.
Obviamente inicia de nuevo con el tratamiento de la sangría, más intensa aún, para lo cual utiliza una olla de barro de mayor tamaño para albergar más contenido, ordena cerrar todas las ventanas y cortinas de la habitación, se viste con una especie de escafandra que trajo expresamente de Europa y, en adición…

Procede a cubrir la nuca (parte trasera del cuello) y la espalda de Doña Gertrudis con una densa capa de sanguijuelas, alternada esta brutal práctica medieval, con el ataque inducido (ver en la foto el armazón rectangular de madera puesto sobre la espalda de la paciente), de un pacífico panal de abejas que no le estaban haciendo mal a nadie, a quienes con especial saña “las hizo emberracar” (traducción: sacar de quicio, inducir a que se vuelvan violentas), para que incrustaran a placer, sus puntiagudos aguijones y el doloroso tóxico medicinal que inyectaban.
Pero, nada de esto funcionaba.
A Doña Gertrudis, además del creciente desespero y el nuevo dolor producido por la inflamación producto de las múltiples picaduras de las abejas y las mordeduras de las sanguijuelas, se le comenzó a arrugar la piel como si fuera una anciana, paulatinamente fue poniéndose amarilla, signo evidente de la anemia, aunado ello al indiscutible debilitamiento físico, y a la pérdida paulatina del sistema defensivo de su cuerpo.
Pero, aún faltaban más consecuencias “colaterales”: por la falta de defensas suficientes comenzó a sufrir de frecuentes cistitis, nefritis y alguna otra complicación del riñón, manifiesta a través de unos extraños cólicos renales. ¡Ya no era capaz ni siquiera de levantarse para caminar!
No obstante, su privilegiada posición económica y el trato preferencial que le concedía su alcurnia, ninguno de los médicos y/o ciertos curanderos charlatanes lograba dar con la solución, ni en España, ni en nuestro país de ese entonces.
Consecuencia de una de las más fuertes crisis que la aquejó cierto día, y en vista de que las repetidas “sangrías” recetadas y practicadas por los costosos y aristocráticos galenos españoles, alemanes, holandeses, ingleses y de otras cuantas lejanas latitudes, herederos de históricos imperios, no lograban encontrar el “elíxir”, ni el tratamiento médico que brindara una efectiva solución, el desespero, como dice el adagio, “pasó de castaño a oscuro”.
La patrona protagonista llegó a perder tres de los más preciados dones que nos concede la naturaleza: su salud, la paz y el deseo de vivir. Esta situación pasó entonces de ser un drama particular e individual, a convertirse en un viacrucis familiar.
Considerando que la causa podía ser más “espiritual que física”, procedieron a una “limpieza profunda” con asistencia religiosa y le practicaron un par de sesiones de Exorcismo. Pero ¡tampoco funcionaron!
Don Manuel Posteguillo, el esposo de Doña Gertrudis, también desesperado, incrementó significativamente el monto de la recompensa para quien descubriera la cura. Complementó este incentivo con la promesa de costear el viaje a cualquier lugar de la tierra, por recóndito que fuera, más una jugosa suma en monedas de circulación legal o en lingotes de oro, a escogencia del ganador.
Con semejante ofrecimiento, se esparció la noticia entre todas las comarcas, virreinatos y asimilables que conformaban a la Gran Colombia. Pero nada que aparecía la cura.
Nota del autor: ¿Será que se nos muere Doña Gertrudis? ¿O será que se salva? pero ¿Cómo, con qué, con quién?
Si quieres seguir con la trama, resolver el acertijo, conocer nuevos personajes con aciertos, errores y retos múltiples, no dudes en descargar los 37 capítulos de la obra completa publicada en Amazon.com y aprovecha la oferta de lanzamiento con un precio temporal de USD 4,97 (aproximadamente COP 17.800) para la versión eBook. Próximamente estaremos lanzando también la versión en Pasta Blanda, una vez terminemos el proceso de ensamblaje con Amazon.
Publicación: ISAN-0145-070226
Acerca del Autor: El Corazón detrás de la Mente Maestra
Detrás del seudónimo de AgroEscritor se encuentra Nelson Jaramillo Restrepo, un hombre cuya vida ha sido un puente entre los rascacielos de la alta dirección corporativa y los surcos del campo colombiano.
Nacido en el alma del Paisaje Cultural Cafetero, Nelson es Economista y Tecnólogo en Administración y Finanzas, con una destacada trayectoria de más de cuatro décadas en el sector asegurador, donde alcanzó posiciones de Vicepresidencia en cuatro de las compañías más importantes de Colombia. Su rigor técnico lo llevó también a las aulas universitarias, donde durante nueve años compartió su maestría en marketing y reaseguros con las nuevas generaciones.
Sin embargo, como el cacao y la fresa que protagonizan esta novela, las raíces de Nelson nunca dejaron de buscar la tierra. En la última década, decidió reencontrarse con su pasión por la vida rural. Hoy, como caficultor y emprendedor, Nelson no solo cultiva grano; cultiva soluciones.
Motivado por el vacío que existe en la lucha contra la «pobreza vergonzante», Nelson fundó AgroEscritorio.com, una plataforma donde la experiencia empresarial y la sabiduría campesina se dan la mano para proponer soluciones concretas a los desafíos del agro y la sociedad. A través de su tienda virtual ofrece más de 1.275 herramientas de capacitación digital, democratizando el conocimiento con la misma generosidad con la que el Aldakaldi comparte los secretos de la Sierra.
«Fresa y Chocolate» es el resultado de esa vida híbrida: una obra donde la disciplina del economista se rinde ante la magia del narrador, invitando a los lectores a creer que la verdadera prosperidad nace de la honestidad y la innovación.
Nelson vive y trabaja desde sus raíces, convencido de que, si estamos «en sintonía» con la naturaleza y la técnica, no hay montaña que no podamos conquistar.
Y, refiriéndonos específicamente al trabajo literario, recomendamos ampliamente visitar su sitio web https://autor.agroescritorio.com allí podrá conocer en detalle los nuevos proyectos, novelas, publicaciones en el blog con investigaciones de estilo periodístico y conversar con él abiertamente.
Publicación: ISAN-0146-100226
María Carmenza Jaramillo (Santiago de Chile) : Hola AgroEscritor, quiero agradecerte porque he tenido el placer de comprar y disfrutar tú novela FRESA Y CHOCOLATE, de verdad me encanto no solo enseña, sino que nos transporta a la época y el sitio, es como estar ahí…muchas felicitaciones y Dios te bendiga
No lo pienses más. Date la oportunidad de viajar con nosotros y disfrutar de esta impactante aventura que nos descubrirá temas desconocidos haciéndonos reflexionar con las nuevas enseñanzas, varias de ellas aplicables en la vida real. ¿Y por qué no? empezar tu propio negocio.
¡Dale clic al botón con el símbolo del WhatsApp
que aparece en la parte inferior izquierda y con el mayor gusto resolveremos tus dudas!
(c) AgroEscritor 2026 – Todos los derechos reservados
Publicación ISAN-0151-120226