Fresa y Chocolate: Capítulo 5

5- FELICIDAD Y VIACRUCIS DE DOÑA GERTRUDIS

Doña Gertrudis, a quien apreciamos en esta pintura bastante bien lograda por el Maestro Jean-Auguste-Dominique Ingres (francés, nacido en la ciudad de Montauban), nos permite apreciar con absoluta fidelidad el hermoso rostro, el espléndido estado de salud, su apacible mirada transmitiéndonos, además de la indiscutible seguridad en ella misma, su inmensa pero sana alegría, la paz interior y el bienestar indiscutible de que gozaba hasta unos seis meses antes de que su vida cambiara.

Su vestimenta, característica de las prendas de diseñadora que, de manera exclusiva le confeccionaban por encargo las más prestigiosas modistas europeas.

Sus bellas, bien proporcionadas y perfectas orejas portaban durante las sesiones de pose para la creación de la pintura que hace justo homenaje a su belleza, un par de largos aretes con motivos precolombinos, construidos expresamente para ella por un experto artesano local, obviamente empleando oro de 18 kilates.

Complementado todo ello con esa espectacular diadema de plata, con una generosa incrustación de diamantes africanos, rubíes importados de Mozambique y Tailandia, enriquecido el cuadro de esta esplendorosa exhibición de lujosas joyas, con una generosa provisión de esmeraldas, obviamente extraídas de nuestras minas en Colombia.

El lujoso sillón en que se encuentra sentada nos da una ligera idea sobre el estilo y tipo de mobiliario con que estaba dotada la mansión de los Posteguillo. En esta ocasión, ella posa para su maestro pintor (o ¿fotógrafo?), en un sillón similar al que usaban los reyes de España, formando parte del mobiliario de la exclusiva sala de lectura de la adinerada familia.

Este conjunto de detalles nos brinda una muestra evidente de la rutina de Doña Gertrudis. Bastante mal acostumbrada, por cierto, dado el transcurrir de su vida en forma holgada, sin mayores preocupaciones ni labores que atender fuera de la administración de su hogar con la asistencia de un nutrido grupo de criados, y la coordinación logística de los frecuentes eventos sociales que ese mundo protegido por la “burbuja del confort” y el disfrute de su amplia riqueza le permitían a ella y a toda su familia cercana.

En resumen, todo en la vida de Doña Gertrudis era paz, tranquilidad, todas las necesidades plenamente satisfechas. Salud envidiable, holgura económica, bienestar espiritual. Es decir, resumido en dos palabras: contaba con la ¡Felicidad absoluta!

Pues resulta que, a partir de cierto día, Doña Gertrudis comenzó a padecer de persistentes y cada vez más frecuentes dolores de cabeza.

El dictamen del médico, también español y residente en el pueblo, como “eminente científico” que se consideraba a sí mismo, luego de un largo e innecesario interrogatorio que en realidad solo buscaba justificar los altos honorarios que cobraría, y a pesar de haber subestimado la dolencia desde el principio, dictaminó que la causa principal se debía a la prolongada exposición al sol y las altas temperaturas, prescribiendo como tratamiento medicinal, el uso de “pavas” o sombreros livianos de ala ancha, con aplicación intermitente de compresas con agua fría sobre la frente, el cuello y la parte superior de la cabeza.

Doña Gertrudis muy juiciosa inició el “tratamiento” pero, sin ninguna mejoría real. Las compresas le calmaban el dolor durante un par de minutos nada más.

Vuelve entonces al mismo médico quien le receta Aspirina, de reciente implementación en Europa y América, pero tampoco logra el efecto deseado.

Decide entonces el galeno “escalar el tratamiento” y comenzar a utilizar el opio, consiguiendo un mayor efecto, es cierto, pero, ante las consecuencias colaterales incapacitantes por el creciente y prolongado adormecimiento de la paciente, aunado al riesgo de volverla drogadicta, en pocos días también se vio forzado el profesional a suspender este tratamiento altamente invasivo.

Antes de darse por vencido y, gracias al patrocinio del viaje costeado por Don Manuel Posteguillo, esposo de Doña Gertrudis, propició un encuentro con varios de sus colegas más expertos en España.

Ya en dicho país, realizaron una prolongada “Junta Médica” pero, como en dicha época la “enfermedad oculta” de la hipertensión no se conocía aún, llegó todo este grupo de “expertos” al diagnóstico en consenso que, la causa era la cantidad excesiva de sangre entre las venas de la persona en evaluación (¿?)

El tratamiento más efectivo entonces, sería necesariamente acudir a la “sangría”, convencidos que, al disminuir la cantidad de sangre circulante por las venas y arterias de la paciente, necesariamente tendría que disminuir la causal interna del persistente dolor de cabeza.

Inclusive llegaron a aconsejar que, para incrementar la intensidad y velocidad del tratamiento, bajo la dirección del médico que motivó el encuentro profesional, se aprovechara la existencia voluminosa de ese pequeño bicho conocido como “sanguijuela” que encontraría fácilmente en los pantanos de la región.

Regresa entonces el médico del pueblo, entusiasmado con este arsenal de soluciones para ayudar al tratamiento y, vanidoso y petulante como siempre, luego de saludar protocolaria y escasamente al comité de recepción de la población, quienes le tenían desplegada una enorme pancarta de bienvenida, fuegos artificiales y banda “papayera” musical que inició de inmediato la interpretación de alegres canciones y piezas costeñas, se dirigió dicho galeno, sin importarle el desplante, raudo y presuroso, a la mansión de los Posteguillo para iniciar de una vez la primera parte del tratamiento: este oculto secreto científico que no sólo solucionaría de inmediato una “vulgar y sencilla dolencia”, sobrecalificada como enfermedad, sino que le abriría también las puertas a su fama mundial y una enorme fortuna material como consecuencia de ello. 

Para la primera sesión, el galeno, haciendo alarde de un enorme misterio, considerándose como el “nuevo gurú” de todas las ciencias, en forma cautelosa pero acompañada con algunos gestos cercanos al malabarismo y practicante de la “magia de circo”, comenzó a preparar a la paciente habilitando un tazón de barro cocido debajo de cada brazo. Para el brazo derecho utiliza una lanceta metálica comenzado de inmediato la extracción copiosa de sangre.

Pero como quería demostrar la eficacia de su “enriquecida sabiduría” acelerando el tratamiento, toma también el brazo izquierdo aplicándole en el pliegue interno del antebrazo, un trío de “escarificadores” (dispositivos afilados que abrían varias venas pequeñas a la vez).

Sin embargo, por prudencia, con esta primera sesión de la sangría, le extrajo solamente 500 centímetros cúbicos de sangre. Esperó un par de horas más para celebrar el tan esperado efecto ¡Pero nada!

Un par de días después, en la segunda sesión, subió la dosis al litro completo de sangre y ¡tampoco!

Retorna nuevamente el “experto galeno” a Europa, obviamente con viaje y gastos costeados por Don Manuel, en donde realiza una nueva Junta Médica con un más nutrido grupo de famosos profesionales ya no solamente españoles.

Por la presión del reto a tan prestigioso cúmulo del conocimiento “experto” llegaron inclusive a recomendar otro par de métodos bastante cuestionables, por cierto. Pero, en fin, ¡había que probar de todo! Para no quedar mal con tan importante familia, española de nacimiento, pero criolla por adopción.

Regresa a Colombia este galeno, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, para experimentar con nuevos métodos, en concordancia con las recomendaciones de sus colegas europeos.

Obviamente inicia de nuevo con el tratamiento de la sangría, más intensa aún, para lo cual utiliza una olla de barro de mayor tamaño para albergar más contenido, ordena cerrar todas las ventanas y cortinas de la habitación, se viste con una especie de escafandra que trajo expresamente de Europa y, en adición…

Procede a cubrir la nuca (parte trasera del cuello) y la espalda de Doña Gertrudis con una densa capa de sanguijuelas, alternada esta brutal práctica medieval, con el ataque inducido (ver en la foto el armazón rectangular de madera puesto sobre la espalda de la paciente), de un pacífico panal de abejas que no le estaban haciendo mal a nadie, a quienes con especial saña “las hizo emberracar” (traducción: sacar de quicio, inducir a que se vuelvan violentas), para que incrustaran a placer, sus puntiagudos aguijones y el doloroso tóxico medicinal que inyectaban.

Pero, nada de esto funcionaba.

A Doña Gertrudis, además del creciente desespero y el nuevo dolor producido por la inflamación producto de las múltiples picaduras de las abejas y las mordeduras de las sanguijuelas, se le comenzó a arrugar la piel como si fuera una anciana, paulatinamente fue poniéndose amarilla, signo evidente de la anemia, aunado ello al indiscutible debilitamiento físico, y a la pérdida paulatina del sistema defensivo de su cuerpo.

Pero, aún faltaban más consecuencias “colaterales”: por la falta de defensas suficientes comenzó a sufrir de frecuentes cistitis, nefritis y alguna otra complicación del riñón, manifiesta a través de unos extraños cólicos renales. ¡Ya no era capaz ni siquiera de levantarse para caminar!

No obstante, su privilegiada posición económica y el trato preferencial que le concedía su alcurnia, ninguno de los médicos y/o ciertos curanderos charlatanes lograba dar con la solución, ni en España, ni en nuestro país de ese entonces.

Consecuencia de una de las más fuertes crisis que la aquejó cierto día, y en vista de que las repetidas “sangrías” recetadas y practicadas por los costosos y aristocráticos galenos españoles, alemanes, holandeses, ingleses y de otras cuantas lejanas latitudes, herederos de históricos imperios, no lograban encontrar el “elíxir”, ni el tratamiento médico que brindara una efectiva solución, el desespero, como dice el adagio, “pasó de castaño a oscuro”.

La patrona protagonista llegó a perder tres de los más preciados dones que nos concede la naturaleza: su salud, la paz y el deseo de vivir. Esta situación pasó entonces de ser un drama particular e individual, a convertirse en un viacrucis familiar.

Considerando que la causa podía ser más “espiritual que física”, procedieron a una “limpieza profunda” con asistencia religiosa y le practicaron un par de sesiones de Exorcismo. Pero ¡tampoco funcionaron!

Don Manuel Posteguillo, el esposo de Doña Gertrudis, también desesperado, incrementó significativamente el monto de la recompensa para quien descubriera la cura. Complementó este incentivo con la promesa de costear el viaje a cualquier lugar de la tierra, por recóndito que fuera, más una jugosa suma en monedas de circulación legal o en lingotes de oro, a escogencia del ganador.

Con semejante ofrecimiento, se esparció la noticia entre todas las comarcas, virreinatos y asimilables que conformaban a la Gran Colombia. Pero nada que aparecía la cura.


Nota del autor: ¿Será que se nos muere Doña Gertrudis? ¿O será que se salva? pero ¿Cómo, con qué, con quién?

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Publicación: ISAN-0145-070226

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